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Después de 46 años, el coronavirus obliga a cerrar el popular restaurante cubano Río Cristal de Miami

El restaurante cubano Río Cristal cimentó su fama encima de una montaña de papas fritas.

Durante 46 años, sus fieles clientes no dejaron de visitar una y otra vez el lugar, ubicado en un pequeño centro comercial de Westchester, donde su fundador, Pepe Acosta, servía un delgado y tierno bisté de palomilla debajo de una loma de crujientes papas fritas.

El restaurante sobrevivió la muerte de su fundador en 2014, pero no pudo sobrevivir el COVID-19.

Río Cristal cerrará sus puertas el 31 de agosto, incapaz de mantener el negocio solo con comidas para recoger y entregas a domicilio, toda vez que los comedores interiores siguen cerrados para tratar de controlar la propagación del coronavirus, dijo la hija de Acosta. El bloguero Sef Gonzalez fue el primero que escribió sobre el cierre.

“Es algo triste. Este restaurante estaba funcionando incluso antes de que yo naciera”, le dijo Ely Acosta al Miami Herald. “Era un hogar para mí”.

El restaurant de Pepe Acosta era también el hogar de una gran clientela de cubanos y cubanoamericanos, que en los años 70 dejaron La Pequeña Habana y el corazón de Miami para mudarse a suburbios más amplios.

El primer restaurante de Acosta, Lila’s, fue un rotundo éxito en La Pequeña Habana, una especie de réplica de uno que abrió con su familia en Nueva York. Pero Acosta quería viajar y conocer el mundo y vendió el restaurante.

Al parecer, había visto bastante en 1974 cuando decidió volver al negocio de la gastronomía. Acosta había vendido el nombre de Lila a otra familia, de modo que le puso a su nueva aventura el mismo nombre de un bello restaurante que recordaba de su juventud en el pueblo de Güines, al sur de La Habana.

Acosta estuvo al frente de Río Cristal con su hijo mayor, José Manuel, con dos máximas, dijo su hija Ely: hacer comidas sabrosas y asequibles y nunca endeudarse.

Acosta triunfó en ambas cosas. El restaurante servía todo tipo de platos tradicionales cubanos, y un sinfín de sándwiches. Sin embargo, era el bisté repleto de papas fritas, cuyo precio rondaba los $13, el preferido de los visitantes.

“A mi padre le encantaban las papas fritas y el bisté. Y un día dijo: ‘¿Por qué no cubrirlo con las papas fritas?’”, dijo Ely Acosta. “Le gustó el cambio y el sabor. Se hizo famoso y a la gente le encantó”.

Cuando Pepe Acosta comenzó a sentir los efectos de problemas cardíacos, Teresita, su segunda esposa, entró a trabajar en el restaurante con José Manuel. Ely descubrió una parte de sí misma que nunca había visto cuando era ama de casa. Incluso después que Pepe murió a los 91 años, el restaurante floreció.

Pero mantenerlo abierto ha resultado imposible durante la pandemia, dijo Ely Acosta.

Cuando a los restaurantes se les ordenó cerrar a principios de marzo, Río Cristal sobrevivió gracias a las recogidas de comida, y vio una pequeña luz de esperanza cuando se les permitió reabrir a finales de mayo. Recibieron un préstamo mediante un plan de protección federal que les permitió pagarle a los empleados que trabajaban o tuvieron que quedarse en la casa.

Sin embargo, dijo Acosta, cuando los casos diarios de COVID-19 se dispararon en Miami-Dade hasta convertirse en algunas de las cifras más altas del país, el condado ordenó el cierre de los comedores interiores para tratar de controlar la propagación del virus. Se permitió el servicio afuera, pero los dueños de Río Cristal no pudieron afrontar los gastos de tener meses al aire libre en el estacionamiento para que los clientes se sintieran a gusto durante los calurosos meses del verano en Miami.

El propietario del edificio donde está el restaurante redujo el pago del alquiler durante varios meses, pero la familia se resistió a endeudarse para mantener abierto el lugar, dijo Ely, siguiendo el mandato de su padre.

“Mi padre siempre pensó que nunca debía endeudarse con tal de mantener a flote el negocio”, dijo.

La madre y el hermano de Acosta, que trabajan en el restaurante, la convencieron de secundar su decisión de cerrar Río Cristal. La mayoría de los empleados llevan en el restaurante desde que se inauguró, y muchos tienen edad de retiro. Otros han empezado a buscar empleo en otra parte.

José Manuel y su madre, que se ganan la vida trabajando en el restaurante, le dijeron a Ely que quizás un día lo vuelvan a abrir cuando se acabe el coronavirus. Por el momento, Ely dijo que se siente feliz de haber sido testigo de cómo el negocio familiar dejó una huella en el sur de la Florida.

“Me hace sentir bien”, dijo, “que algo que mi papá creó haya afectado para bien la vida de tantas personas”.

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