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Benjamín Cuello “agita el cañaveral”

Por Fabio Larrahondo V. Falavi2005@yahoo.com

Benjamín Cuello Enriquez es un poeta del alma popular, con un enorme sentimiento de gratitud por la radio, el futbol, su entorno y sus recuerdos de niñez en medios de fincas bananeras en su natal Sevilla, Magdalena, departamento donde también vivió en Aracataca, la tierra de las mariposas amarillas de Mauricio Babilonia en la creatividad de Gabriel García Márquez.

Creció entre fincas bananeras y las emisoras de onda corta que sintonizaba su padre en un radio Telefunken que compró para poder escuchar las radionovelas de Todelar,” que eran la televisión de aquel entonces”. Con el paso del tiempo llegó a Barranquilla donde se emocionaba con el béisbol, pero él quería narrar fútbol.

Así se presentó “Don Benja”, como le llaman sus amigos, en entrevista con El Girasol en Radio Diez de Marzo (www.radiodiezdemarzo.com), donde se emocionó al reencontrarse de manera virtual con su amigo de viajes periodísticos, Carlos Alberto Lenis, donde abrieron parte de sus alforjas de recuerdos y anécdotas. Allí tercié y le pregunté sobre su paso por Venezuela.

“Luego de varias pruebas logré un espacio como narrador en Radio Cumbre de Venezuela. Me seleccionaron al consultar a oyentes, les gustó mi voz, el relato y la creatividad. Pasé tiempos muy buenos. Logré un buen contrato”, cuenta con cierta nostalgia.

Hoy recuerda que “era un país maravilloso, con el certificado de trabajo te entregaban hasta un carro…por eso le decían Venezuela Saudita, por un Bolívar te daban 17 pesos colombianos…Años después llegaron unos calandracos y acabaron con todo”.

A su mente viene su paso por Cali, donde vino por iniciativa y respaldo de Marino Millán. Gustó mucho, conquistó desde el Pascual Guerrero y trabajó en el Grupo Radial Colombiano y en Caracol. “Desde Cali me conocieron en Colombia, soy persona agradecida con esa ciudad. La recuerdo mucho y allí volvería teniendo la oportunidad”.

En esa ciudad hizo famosa la frase “Agita el cañaveral” y aquello de “¿dónde está la bolita, dónde, dónde está la bolita…”, recordando un día en que en el Centro de Cali perdió “10.000 barras” en aquel juego donde la bolita siempre desaparece a favor del tahúr que la sabe esconder.

Luego conquistaría El Campín, estadio al que cierta vez en que jugaba Millonarios llegó un hombre campesino porque su hijo quería conocerlo, pues vibraba con sus relatos en el Putumayo, donde vivían. “Esa noche fue algo sublime. Lo abracé y lo metí a la cabina a vivir la transmisión”.

Recuerda que también “sentí algo muy especial aquella vez en que narré el partido en que regresamos al Mundial con aquella Selección Metafísica del Pibe, Asprilla, El Tren Valencia, Rincón…Lloré y pocas veces lo hago externamente”.

Y cerró afirmando que no hay algo más triste para el narrador “que un partido sin goles…es como un paseo en tractor” … A su espalda estaba un cuadro con el portal de una finca bananera.

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