LA NIÑEZ DESPROTEGIDA
POR: LUIS ANGEL REBOLLEDO CHAUX
Nuestra carta Constitucional y normas reglamentarias son ricas en la consagración expresa de un tratamiento especial a los niños colocándolos en la cúspide de sus preferencias en materias de protección y de proyección en su desarrollo vital.
Esa consagración amplia y precisa tiene como finalidad garantizar al niño desde sus primeros años un desarrollo integral que lo convierta en soporte futuro de una sociedad que debe marchar en continua evolución soportada en las ideas y acciones de ciudadanos con una formación recta y sólida que debe iniciar desde la niñez y sea una garantía de éxito en los retos que la sociedad le propone.
Pero desafortunadamente una cosa es la teoría y otra la realidad; nuestra Constitución contiene muchos preceptos quizá bien intencionados, pero que se quedan en simples enunciados éticos de un gran contenido humanístico y hasta de algún valor literario, pero sin traducirse ya sea por falta de voluntad política o de una adecuada reglamentación en hechos concretos que enfrenten la real situación que viven hoy los niños y adolescentes, lo cual desconcierta y angustia a una sociedad impotente y a veces conformista que encuentra que en la cotidianidad del devenir social el niño es un ser vulnerable a toda clase de abusos y a las inclemencias propias de una sociedad inestable, desequilibrada e insensible como la muestra.
Basta ubicarse en las calles de Popayán o de cualquier ciudad de Colombia para darse cuenta sin mayor esfuerzo del estado de abandono o de indefensión en que se encuentra buena parte de la población de esos menores quienes a su corta edad deben soportar la pesada carga de la explotación y el abuso de gente sin escrúpulos, incluidos sus propios padres que los utilizan ejerciendo mendicidad u otras actividades no propias para su edad, inclusive ilícitas.
Las zonas de los semáforos en Popayán o cualquier otra ciudad de nuestro territorio se han convertido en las vitrinas macabras de exhibición de toda esta tragedia en la cual los niños son parte protagónica.
Es deprimente encontrar en esos lugares esas pequeñas y famélicas figuras que con el cansancio y la angustia marcada en sus rostros piden una moneda u ofrecen diversidad objetos muchas veces incomparables, durante muchas horas bajo el inclemente sol o el frío penetrante del invierno.
En los tres últimos años el panorama se ha tornado más patético por la presencia en las avenidas y calles en general de migrantes venezolanos en los que se incluye a muchos niños que deben soportar los largos e incómodos viajes, sometidos a las mismas penurias de sus padres, agregándole a nuestra sociedad un problema más, de lo cual ya está saturada pero que por humanidad no debe ser indiferente ante esta calamidad.
Pero además de los problemas de la pobreza y consecuencialmente del hambre y el abandono, los niños son víctimas del abuso y explotación sexual, cuyos depre dantes se encuentran muchas veces camuflados en los establecimientos educativos, en organizaciones religiosas y aun dentro del núcleo familiar o explotados en negocios clandestinos donde se ejerce la prostitución infantil e inclusive se ha llegado a la barbaridad inimaginable de asesinar a una mujer embarazada para extraer la criatura y seguramente negociarla en un mercado macabro donde los niños y en general los seres humanos son una mercancía que produce grandes rendimientos a oscuras y depravadas organizaciones.
Este preocupante panorama que se nos presenta día a día, en principio nos conmueve y nos induce a meditar y a tratar de buscar algunas soluciones; las buenas intenciones del gobierno y de la sociedad se sienten por un tiempo, pero luego el desinterés, la insensibilidad y el egoísmo de unos y otros nos lleva a ignorar esa problemática creciente en nuestro entorno y termina por hacernos creer que estas situaciones anómalas son el producto de una generación espontánea e incontrolable con la cual debemos aprender a convivir.
Nos convierte en una sociedad apática e indiferente que solo reaccionamos cuando se afecta directamente nuestros propios intereses y exigimos justicia para una particular situación, no nos preocupa la problemática colectiva.
Todo lo anterior es una realidad desencajada de los postulados de un Estado Social de Derecho, donde la igualdad, las garantías ciudadanas son la base del bienestar social que nos permite tener una vida digna. Nuestra Constitución es prolija en consagraciones que protegen la niñez, pero desafortunadamente sin una aplicación efectiva.
La familia, la sociedad y el Estado tienen el enorme e inaplazable compromiso de evitar que el soporte de nuestra renovación social e institucional, como son los niños sigan siendo las principales víctimas de un mundo convulsionado y corrupto.
