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CABALGANDO  La época de los bodegueros

Se dice que antes de llegar este gobierno a la presidencia ya tenía su séquito de bodegueros. Estos son definidos por la inteligencia artificial como grupos organizados de personas o cuentas automatizadas (bots) que trabajan para gobiernos, partidos políticos o figuras públicas con el fin de manipular la opinión en línea, ya sea promoviendo mensajes favorables o atacando a la oposición. En Colombia y otros países de Latinoamérica, este fenómeno se ha vuelto común en campañas políticas y debates públicos.

No digo que estamos en sus manos, pero sí con sus objetivos puestos en hacer sus tareas. En este caso, por simpatizantes pertenecientes a la izquierda de este país y al mismo gobierno Petrista, quienes se han dedicado en la mayoría de los casos a desinformar, a tapar escándalos de corrupción, montando narrativas que carecen de realidad para mantener a los incrédulos a su favor, llenar plazas, correr la voz sobre sus gestiones, aun teniendo el tema de distorsión como su obra.

Los medios de comunicación, especialmente en regiones como el Cauca, cuentan con una serie de personajes que dicen ejercer la labor de periodista o comunicador. Con micrófono en mano, dan a conocer su estilo de informar; tienen páginas en internet, sus “figuras” en redes sociales, son propietarios de espacios en canales de televisión local. En fin, pululan como panaderías en cada esquina de la ciudad.

En Colombia, la tarjeta profesional de periodismo y la licencia de locución dejaron de ser obligatorias desde finales de los años 90, cuando la Corte Constitucional declaró inexequibles las normas que exigían estos documentos. Desde entonces, ejercer como periodista o locutor no requiere licencia estatal, aunque sí se mantiene la necesidad de formación académica y ética profesional, de acuerdo con lo que establece el Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones. Lamentablemente, no hay controles como existían antes con la llamada Oficina de Monitoreo del Ministerio de Comunicaciones.
La Ley 51 de 1975 regulaba el ejercicio del periodismo en Colombia y exigía tarjeta profesional para poder trabajar en medios. La licencia de locución también era obligatoria para quienes querían trabajar en radio o televisión como presentadores o locutores.

Esos bodegueros en el Cauca se han ido en contra de cualquier acto o expresión que haga la candidata nacida en Popayán el 19 de enero de 1976, a quien sus padres bautizaron con el nombre de Paloma Susana Valencia Laserna. Buscan desprestigiarla e inculcarle hechos en críticas históricas por pertenecer a una élite tradicional de Popayán, en contraste con liderazgos indígenas y comunitarios.

Estos temas no pueden ser llevados como condición para responsabilizarla, si es que fueron actos de familia, lo que en la ley colombiana se puede tipificar como “delitos de sangre”.

En Colombia, la expresión “delitos de sangre” se refiere a la idea de que una persona puede ser responsabilizada o estigmatizada por delitos cometidos por sus familiares, aunque ella no haya participado en ellos. En la práctica, la Constitución y la Corte Constitucional han dejado claro que este concepto es contrario al derecho fundamental de que nadie puede ser molestado por los actos de otros. Sin embargo, aquí esto llega al colmo de los señalamientos.

La visita que hizo a Popayán en esta Semana Santa fue invadida por los bodegueros, aduciendo como tema principal que ella había ido a su ciudad aprovechando esta celebración para hacer política, eliminando de por sí cualquier tema de objetividad, ya que no reconocen como un acto de cada año esta visita a las tradicionales reuniones de familia que se estilan por estas fechas de recogimiento.

Además, la familia de Paloma Valencia patrocina el paso del Cristo de la Expiración, también conocido como El Cachorro, dentro de la tradicional procesión de la Veracruz del Miércoles Santo. Ella misma ejerce como síndica de este paso, es decir, la responsable de su preparación y organización.

Lo que les ha dolido es que, con su presencia, sigue reafirmando la tradición de las élites caucanas, a las que pertenece su familia, en las celebraciones religiosas de Semana Santa.

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