AMOR MÁS ALLÁ DE LA MUERTE, ESTUDIOS DE EROTISMO DIVINO: HINDUISMO

El hinduismo es una suma de religiones que se derivan de los Vedas pero que, sobre todo, se remite a las historias de los dioses de los Puranas y a las historias de los héroes de las grandes épicas (o itihasa).

Encontramos en esta difusión religiosa, autodenominada sanatana dharma (“la tradición eterna”), una de las más sofisticadas manifestaciones del misticismo erótico, particularmente dentro de las tradiciones del bhakti (devoción) y dentro del tantrismo (corriente transgresora que está estrechamente asociada al bhakti). El erotismo en el hinduismo es una forma de producir transformación espiritual, ya sea practicando diferentes formas de yoga (incluyendo yoga sexual) o, sobre todo, cultivando la devoción (el amor a la deidad) para que esta, al vincularse con la deidad, destruya el karma y la ignorancia que nos mantiene atados a la existencia cíclica.

No es menor el hecho de que, en la cosmogonía védica, el origen del universo manifiesto sea el deseo, kama (a veces traducido como “amor”). De aquí se deriva la tensión inicial que recorre todo el paisaje religioso indio, incluyendo al budismo. Por una parte existe un aspecto divino innato en el deseo, pues es la energía creativa del universo. Por otro lado, el deseo es también lo que mantiene vivo el samsara, la existencia cíclica que está asociada con el sufrimiento y la ignorancia. El deseo, se revela desde las Upanishad, es aquello que produce el karma y obliga a las almas o a los continuos mentales a transmigrar, confundidos, intentando satisfacer con cosas impermanentes lo que en realidad sólo puede satisfacerse convirtiéndose en todo, eliminando la separación y la dualidad.

De esta forma, sin embargo, surge también un deseo legítimo, el deseo de trascender el deseo, o el deseo ferviente del estado libre de deseo que caracteriza a lo divino. Sin embargo, los mismos dioses llegan a ser sacudidos por el deseo y los mitos narran diversos infortunios divinos en relación a la incapacidad de domar el deseo. Por esto, entre otras razones, surgirán escuelas que considerarán a los dioses que existen dentro del samsara como entidades menores o meras manifestaciones de una deidad suprema que trasciende todo deseo, pero que, en algunos casos, no deja de vivir intensas relaciones amorosas (pues incluso su esencia es el deleite mismo, y la expresión máxima del deleite es la unión sexual). Así pues, el tantrismo y algunas manifestaciones del bhakti buscan imitar a la divinidad, haciendo del erotismo una práctica espiritual, haciendo del amor una sadhana.

La búsqueda de la inmortalidad es quizá el principal objetivo del sacrificio védico (yajña). El sacrificante busca obtener el estado de los dioses, un estado de conciencia luminoso que es descrito como una ebriedad e identificado con el soma, la planta de la inmortalidad. Un tema recurrente en los himnos védicos es la relación entre el fuego (Agni) y el Soma o las aguas (que están asociadas con el Soma). El sacrificio védico tiene como su componente mínimo la libación: ofrecer una sustancia líquida al fuego. Esta ofrenda es visualizada y ritualizada en diversos textos como una cópula, como la unión del fuego y las aguas (o el Soma). Asimismo, todo el sacrificio (del cual se deriva gran parte de la visión cosmológica que luego se llamará “dharma”) está cargado de una sutil energía sexual. Algunos académicos han teorizado que buena parte del sacrificio y de los mismos himnos védicos tienen como tema subyacente la relación entre Agni y Soma, entre estas dos deidades que encarnan los dos opuestos (masculino-femenino, fuego-agua) y cuya unión es una especie de matrimonio sagrado o un acto de alquimia. La inmortalidad que buscan los sacrificantes está asociada con el Soma, pero no meramente con consumir una planta, sino con el rito y, más aún, con una cierta cualidad de la conciencia con la que se hace el rito. Para que se produzca el sacrificio auténticamente se deben decir palabras verdaderas (la liturgia que acompaña la libación), se deben realizar ciertos gestos –como sostener el Soma con una pieza de oro– y se debe alcanzar cierto estado de concentración, lo cual incluye ciertos aspectos de visualización.

El sacrifiico védico será el molde o blueprint de ciertas prácticas del yoga. El sacrificio del fuego empezó a ser internalizado por los renunciantes que se iban al bosque en la época de las Upanishad, quienes también desarrollaron las técnicas contemplativas que hoy asociamos con la meditación. La unión de Agni y Soma (o el acto de ofrecer al fuego sustancias preciosas) empezó a ser realizada a través de la visualización y el control de la respiración. Otra influencia importante, no sólo en las prácticas sino en la filosofía de escuelas como el tantrismo o el bhakti fue sin duda la filosofía samkhya, para la cual el universo está dividido en dos principios: Purusha, el espíritu o conciencia pura, y Prakriti, la naturaleza o materia. Como han notado diversos académicos, entre ellos Heinrich Zimmer, esta relación se convierte en una relación entre un principio masculino y femenino, los cuales llegan a ser representados antropomórficamente.

Así, en la época propiamente del hinduismo, en la época posvédica, las deidades generalmente tienen consortes. El caso prototípico es el de Shiva y Shakti. Shiva es la conciencia que permea todo el universo y Shakti es la energía o el poder mismo de Shiva, aquello con lo que se produce el mundo y el mundo en sí mismo. Esta misma relación existe, de manera microcósmica, en todos los seres vivos, siendo Shakti el principio vital y Shiva el principio intelectual o la conciencia pura. De la misma manera que el universo es el escenario de la unión erótica de estos dioses, el cuerpo humano (“el pequeño universo”) es el escenario de la unión divina, la cual debe ser orquestada por el yogui manipulando los vientos o energías vitales a través de complejos procesos psicofísicos. En ocasiones el yogui puede realizar estos procesos con ayuda de una pareja, efectuando diferentes prácticas de yoga sexual en las que generalmente el hombre se identifica con Shiva y la mujer con Shakti (o en algunas escuelas con Krishna y Radha, etc.) o, en ocasiones, de manera individual a través de visualizaciones o con la invocación de una consorte divina. De cualquier manera, la práctica tiene como fundamento dirigir la energía para producir un estado de conocimiento en el que disuelve el ego o la identidad personal, en el estallido de la energía conocida como kundalini, la presencia misma de Shakti en el cuerpo. Es empleando esta energía que el practicante puede estabilizar su conciencia en la realidad y convertirse en Shiva, en la totalidad del universo, para así experimentar la dicha infinita que caracteriza a la conciencia-energía en su estado prístino. El yogui descubre entonces lo que el poeta William Blake notó: “la energía es eterno deleite”.

La existencia misma suele ser descrita en el hinduismo con Sat (“ser”) Citt (“conciencia”) Ananda (“deleite”). Esta es la realidad fundamental de todas las cosas: una interpenetración de tres cualidades que en el fondo son una sola.

La máxima manifestación del erotismo religioso en el hinduismo –al menos en cuanto a la literatura, la poesía, la danza y demás manifestaciones estéticas que lo acompañan– es sin duda aquella que tiene por objeto los amores de Krishna y Radha o de Krishna y las gopis (las pastoras de vacas de Vraja). Las prácticas devocionales, o bhakti, llegan a su cúspide fervorosa entre los devotos de Bengala (gauḍīya-vaiṣṇava). Particularmente notable es el caso de Chaitanya, el santo vaishnava, quien no sólo es considerado una encarnación de Krishna, sino de Krishna y su consorte Radha en unión. Son innumerables las historias sobre la vida de Chaitanya en las que el carismático líder de la secta gaudía se ve poseído por el rapto amoroso, transformándose él mismo en una de las gopis que originalmente vivieron raptos eróticos con Krishna, cuando este apareció en el mundo. Según se explica en la Bhagavad Gita, Krishna encarnó en el mundo para rectificar la degeneración espiritual o (adharma) que caracteriza a nuestra época, el Kali Yoga. Para una época espiritualmente desierta y obtusa, enseñó el método más sencillo: la devoción, el amor hacia la divinidad, el cual no requiere de de grandes proezas ascéticas. La tradición doxográfica gaudía, sin embargo, añadirá que la verdadera razón por la cual Krishna encarna en el mundo, ya sea como Chaitanya o como el Krishna de la épica, es para experimentar el deleite de su propia esencia (rasa), para vivir cada vez más deliciosas experiencias de amor y con ello satisfacer también el deseo ardiente de sus devotos. Krishna, acaso como ocurre en cierta manera con el caso de Jesús y la tradición judía con su dios castigador, instaura una nueva religión, más incluyente, ya no basada en el sacrificio y en la pureza de la casta, sino ahora en el amor y en la pureza del corazón. Como el mismo Jesús, lo que exige es que se abandonen las convenciones sociales –familia, trabajo, deseos mundanos– y se persiga con intensidad única su llamado.

El texto central de la religión de Krishna es la Bhagavata Purana, texto donde se expone la teología del bhakti. El décimo libro de la Bhagavata Purana, por mucho el más voluminoso, narra la vida de Krishna, con especial énfasis en su infancia en Vraja, entre las pastoras de vacas, robándoles la mantequilla y la ropa y con ello ofreciéndoles una visión divina irresistible, en el juego y la seducción. Es allí donde “se nos regala una visión de Dios jugando”. Esto es, de Dios en su esencia y gloria, pues como señala Vyasa-Badarayana en los Vedanta Sutras, la creación del universo es un juego divino (lila) y Dios mismo puede compararse con un poeta, un kavi, eternamente joven, que en el exceso de su plenitud genera el mundo.

Esta mezcla de inocencia, omnipotencia y absoluta inclinación hacia el goce estético hace irresistible la personalidad de Krishna para los gaudía. Si Dios aparece jugando, esto debe de implicar que el universo esencialmente es un juego divino, y que ese juego no puede ser otro que el amor, pues Krishna, en su incorregible adicción a todo lo genuinamente dulce y delicioso de la existencia, se dedica fundamentalmente a seducir a las jóvenes vaqueras y a refocilarse en los diferentes modos del amor. Esto parece ser una revelación también de que el origen y el fin del universo es el amor. Y de que, como notó Schiller, el estado de plenitud del ser humano, aquello que lo acerca a lo divino, es el juego.

El amor de Krishna y Radha, la gopi preferida que es luego elevada a la calidad de una divinidad, la propia potencia de deleite de Krishna, es uncido como el sacramento de esta religión. La religión de Krishna es en gran medida la religión de la belleza, pues como dice la Bhagavata Purana, Krishna es la idea absoluta de la belleza encarnada. Simone Weil, la filósofa francesa y en cierta manera bhakta, escribió: “La inclinación natural del alma a amar la belleza es el ardid de que se sirve Dios con más frecuencia para abrirle al soplo de lo alto”. Esto nunca ha quedado más evidenciado que en el caso de Krishna. El punto de partida de toda la dinámica del bhakti es la seducción que efectúa la divinidad a través de la belleza. Al igual que el príncipe idiota de Dostoyevski, las humildes y simples devotas experimentan que la “belleza salvará al mundo”. Krishna –tal es la función de la forma divina– es el pastor que pastorea a través de la belleza. Y adonde lleva es al amor, pues este es la verdad última de la religió​n.

Lo que caracteriza a Krishna es que aparece y hace teología con su anatomía. Tiene formas ilimitadas (ananta-rupa): a Arjuna en el campo de batalla le muestra su forma universal, con miles de brazos, como una explosión unánime de mil de soles, feroz, devorando mundos, la pura esencia del mysterium tremendum; cuando nace se le presenta a su padre con la forma canónica de Narayana, de cuatro brazos, con el disco y la concha, con la joya del monarca universal; pero a sus más entrañables devotos se muestra con su forma humana de dos brazos, en el aspecto de Govinda, el pastor de vacas, la cual es considerada la forma suprema y la más atractiva. Sus ojos son como flores de loto; su cara es como una nube de monzón; lleva plumas de pavo real; sus ropas son como un relámpago; está adornado con flores del bosque, jazmines, sándalos, hojas de mango… En ocasiones también lleva una flauta –la divina murali– la cual toca haciendo sonidos que son descritos como “mantequilla sonora” y que derriten de placer y celos a las gopis (pues murali goza de los labios del dios). La apoteosis ocurre en el momento en el que fluye por su cuerpo moreno –que es la sustancia universal– la mantequilla blanca radiante, que es la forma concreta más deliciosa de la sustancia universal, una transformación vernácula del Soma primordial (el néctar de los dioses); o cuando aparece en una noche de luna llena de otoño, intoxicado por el jazmín, haciendo sonar su flauta, llamando a las gopis al bosque para celebrar la danza de la rasa-lila, con la que se cumple una especie de ilegítima boda cósmica que dura una noche de Brahma.

Las gopis crecen salvajemente enamoradas de Krishna, queriendo que les robe sus corazones (como les ha robado antes la mantequilla), que se las lleve hacia prados lejanos, que pise sus senos con sus dulces “pies de loto”, que las cargue en sus brazos cuando la luna resplandece en el cielo. Este anhelo inconsumible por Dios se convertirá en la linfa vital del movimiento bhakti. Se da aquí una nueva sustitución: lo que se lograba a través del sacrificio védico –la inmortalidad, el cielo–, ahora se logra a través de la devoción. Krishna enseña que además del karma-marga (el sendero de la acción o sacrificio) y el jñana-marga (el sendero del conocimiento), hay un tercer sendero que conduce a la inmortalidad: el bhakti-marga, el sendero del amor, el más apto para nuestra era.

No obstante, aunque es más fácil concentrarse en la forma de Krishna que en los mantras védicos y en la elaborada ritualidad del sacrificio, el devoto debe también sacrificar, en este caso, su existencia mundana, su identidad convencional, para asumirse únicamente como amante y sirviente del dios. Asimismo, al igual que los que practican el jñana-yoga, que deben conocer el mundo como maya y concentrarse solamente en la luz del Atman o sí mismo, los devotos de Krishna también deben practicar yoga y samadhi, negando todas las apariencias convencionales, para establecer la radiante omnipresencia de Krishna. Esta incandescencia devocional y esta purificación de la mente llegan a su efervescencia en la rasa-lila, la “danza circular” o “danza del amor divino”. Una especie de vals mágico, una comunión sacramental, un mandala dinámico dentro del que Krishna cumple los deseos más ardientes de cada una de sus vaqueras, multiplicándose para estar con cada una de ellas en completa comunión erótica.

El amor entre Krishna y las gopis en un amor escandaloso, un amor que rompe todos los lazos con las buenas costumbres y la moral convencional. El amor que celebran es un amor ilegítimo y se huelgan en ello. Es esta condición de ilegítimo, más aún, de romper la ley del mundo –para establecer la ley del amor divino– la que lo eleva y le otorga una fuerza irresistible. Krishna seduce a las gopis –mujeres casadas, jóvenes núbiles, niñas pubescentes– mostrándoles la belleza de su forma y las hace peregrinas, tránsfugas, exiliadas del mundo y su ruido. Sólo pueden escuchar el sonido de su música; sólo pueden escuchar el olor de su perfume; sólo pueden recordar su nombre; sólo pueden ver en su mente su rostro. El mundo material muere. Todo gran amor conversa con la muerte y la vence. Como dice el Cantar de los Cantares (el texto que encuentra su eco en el poema de la rasa-lila) de la Bhagavata Purana, “Ponme como un sello sobre tu corazón, como una marca sobre tu brazo; porque fuerte es como la muerte el amor”. Las gopis prueban, al unirse con el dios, el mismo rasa, el mismo deleite líquido que gozarán infinitamente en la existencia posterior a la muerte, viviendo en Goloka, el cielo de Krishna, el cual tiene su espejo en Vraja, el pueblo en el que viven.

Como dice un teólogo gaudía, Vraja es, de hecho, “el jardín de la eternidad”.

La divinidad, cuando desciende al mundo, trae siempre una espada, con la que separa a sus discípulos de la sociedad, aunque esa espada pueda ser también una caña que produce sonidos deliciosos. Como notó Rumi, la flauta produce sonidos deliciosos sólo porque está vacía. Las gopis pueden gozar de la belleza trascendental del dios porque han vaciado sus corazones de otra cosa que no sea su imagen. En el sonido de la flauta que inflama el corazón –el sonido que subyace al ruido del mundo– está la promesa de la inmortalidad. En la visión luminosa de la forma está el fuego del amor que entra a través de los ojos, el fuego que transforma. Este ese el fuego que, según San Juan de la Cruz, hace que “el amante en el amado [quede] transformado”. “Dios es un fuego infinito” que consume y transforma en sí el alma que toca. Esto es precisamente lo que enseña el bhakti de Krishna: mientras los bhaktas mantengan viva la flama y sigan extáticamente enamorados (raganuga-bhakti), no es necesario seguir ninguna norma social o cumplir con los ritos y dogmas de la religión (vaidi-bhakti). “La contemplación interna del amor es la meta, no las formas externas de adoración”, dice el académico y también bhakta Edward Bryant (BY, 35).

Contemplar a Krishna, justamente en el sentido en el que el amor y el conocimiento son uno, unifica y transforma al devoto en la misma sustancia del dios, lo va divinizando en proporción a la intensidad de su atención. “Justo como el oro, cuando es sometido al fuego, va despojándose de sus impurezas y obtiene de nuevo su naturaleza original, así también la mente, a través del bhakti yoga, es purificada de su karma acumulado y me obtiene a mí”, le dice Krishna a su devoto Uddhava antes de dejar el mundo. De esta manera el devoto es capaz de ver la presencia de Dios, de su amante, en todas partes, lo cual constituye la maduración de la práctica espiritual.

“Uno debería percibirme como manifiesto en todos los seres [externos] y [adentro] en uno mismo”, dice Krishna en la Bhagavata Purana. El mundo entero se convierte en el cuerpo del amado, el universo mismo una zarza ardiente.

Con textos de Pijamasurf.com

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