COLOMBIA DESCERTIFICADA: EL FRACASO DE PETRO EN LA LUCHA CONTRA LAS DROGAS
Por. Juan Pablo Matta Casas
Esta semana Colombia recibió un golpe diplomático que, aunque previsible, duele en lo más profundo de nuestra autoestima como nación: la descertificación en la lucha contra las drogas por parte de Estados Unidos. Suena a palabra burocrática, a tecnicismo, pero en realidad es una sentencia moral. Es la manera en que el mundo nos dice que hemos fracasado, que la estrategia que ensayamos en los últimos años no solo no funcionó, sino que agravó la tragedia. Y no se trata de un asunto menor ni de un simple rifirrafe político entre gobiernos: es el regreso de un fantasma que creíamos desterrado desde los noventa, cuando Colombia era el epicentro de la cocaína y de la violencia que esta alimentaba como una hoguera interminable.
El presidente Gustavo Petro llegó al poder con la promesa de un viraje, de un nuevo paradigma que reemplazara la erradicación forzosa por pactos sociales y por un enfoque humano. En su discurso, había algo de utopía y también de rebeldía contra la política internacional. Pero mientras el gobierno insistía en que había que sustituir, dialogar, pactar, las disidencias, el ELN y los carteles mexicanos extendían su dominio sobre las selvas y las montañas. El resultado fue un crecimiento sostenido de las hectáreas sembradas y un retroceso dramático de la presencia del Estado.
No es un asunto de cifras, aunque las cifras son implacables. Es un asunto de autoridad. Porque cada hectárea de coca que se siembra en el Cauca, en Nariño o en el Catatumbo es un símbolo de que allí manda otro, no la república. Y así lo sienten los campesinos, los jóvenes reclutados a la fuerza, las familias que ven cómo los grupos armados dictan la ley, cobran impuestos, deciden la vida y la muerte. La coca no es solo una planta: es el combustible de la violencia, la raíz de la corrupción, el caldo de cultivo de todas nuestras desgracias. Y mientras crece, la economía formal se marchita, la democracia se debilita y la esperanza se fuga en la sangre de los más pobres.
El presidente Petro insiste en culpar a la demanda externa. Pero el deber de un jefe de Estado es garantizar que su territorio no sea el proveedor mundial de la materia prima de ese mercado. Lo demás son excusas. Y lo que revela esta descertificación es que la política ensayada no logró resultados, que se confundió la compasión con la inacción, la crítica con la parálisis, el humanismo con la ausencia de Estado.
El golpe no es solo simbólico. La descertificación nos arrastra hacia el aislamiento, compromete la cooperación internacional, enciende alarmas en los mercados, siembra dudas en la diplomacia. Pero lo más grave es lo que pasa en el territorio: el regreso de un país sitiado por las economías ilegales, un país en el que la violencia crece como crecen los cultivos, sin freno ni contención. La descertificación es el espejo donde nos vemos desnudos de excusas y de retórica.
De aquí al 2026 se abre un dilema. O seguimos en la deriva, confiando en que los discursos basten para tapar la realidad, o entendemos de una vez que la política antidrogas debe ser integral, medible y verificable. No se trata de volver al pasado sin matices, sino de recuperar el sentido de autoridad y la capacidad de mostrar resultados.
La descertificación nos obliga a sincerar el debate, a dejar de lado la comodidad de las consignas y a construir políticas realistas. Colombia fue ejemplo una vez, con el Plan Colombia, de que la combinación entre autoridad, desarrollo y cooperación puede funcionar. Hoy, el desafío es aún mayor, porque los enemigos son más sofisticados, las redes más globales y la paciencia más corta.
Si el presente nos devuelve a los noventa, el 2026 debe ser el año de la madurez, de la corrección, de la responsabilidad. Porque si no lo es, las hectáreas seguirán creciendo, la violencia seguirá escalando y la descertificación será solo el preludio de un colapso mayor.




