Cuando un familiar está en la UCI, el sonido del teléfono genera espanto. Columna de Alvaro Miguel Mina
Solo cuando un hermano resultó contagiado de Covid – 19 comprendí aquel dicho que de niño le escuché repetir a mis tíos Alberto y Polo Mina, cuando en medio de sus tragos al calor de una tonada de Gabriel Raymon, repetían: “una cosa es hablar del Diablo, y otra verlo llegar”.
Quiero hacer este símil para referirme al Covid – 19, esa enfermedad causada por ese virus proveniente de Wuhan, China, pero que se asentó en Colombia con una cifra récord de víctimas.
Todo transcurría normalmente hasta cuando el ulular de una sirena le habría paso a una ambulancia desde Puerto Tejada rumbo a la capital del Valle, estridente sonido para muchos indiferente, incluso para mí.
Bastó un timbre del celular para comenzar a trasegar uno de los más difíciles momentos de mi vida. En absoluta calma escuché a mi cuñada, Zuleima, notificarme de las dolencias de mi hermano William, aún sin un diagnóstico. Tras la valoración del paciente y la posterior entrega del resultado de la prueba no había dudas: coronavirus.
Con un respiro profundo, una plegaria al Creador, y confianza total en el grupo de especialistas liderados por la doctora Olga Pérez, comenzamos a digerir esta realidad. Quiero detenerme en ellos, los profesionales de la salud, los héroes de esta pandemia, que han sido vilipendiados por “inocentes criaturas”, a los cuales se les aplicaría otro dicho popular: “perdónalos, Padre mío, porque no saben lo que dicen”. Sin los profesionales de salud estaríamos perdidos en esta situación. Y sin embargo han soportado cuanta sandez sin sustento les han lanzado. Ellos pese a todo siguen salvando vidas. Como salvaron la vida de mi hermano.
Como en las grandes guerras la familia comenzó a buscar aliados, los cuales estaban prestos a colaborar. A todos ellos, gracias. El coronavirus es una enfermedad que se vence así, en familia, con los amigos. No importan las malas noticias. Lo único que nos decían sobre la evolución de mi hermano era que “la aguja se mueve”. Eso quería decir que la actividad respiratoria era muy tenue. Pero ese pequeño movimiento nos aferraba la esperanza.
