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Dilian Francisca Toro Torres, mujer ejemplar colombiana

Nació en Guacarí, Valle del Cauca –de 35.000 habitantes– famoso por su Festival Latinoamericano de Danza Folclórica.

Dilian es nieta de un gamonal en a política, Hernán Toro, que fue varias veces alcalde, e hija de un educador y fundador del mejor colegio de la región, ya fallecido Luis José Toro y de una excelente mujer, comprometida con sus gentes más necesitada, emprendedora, Bertha Torres, igualmente fallecida.

Esta mujer tomó como gran ejemplo lo que sus padres le infundieron, la tarea de servir, ser una madre ejemplar, una buena esposa y ante todo, ser entregada a las causas sociales, por ello sus exitosas labores en los diferentes campos que ha ejercido.

Aprendió a cantar y a tocar la guitarra y dice que interpreta Honores a Popayán, una tonada de punteo exigente. Ahora solo canta en la iglesia. Reza el rosario junto con sus escoltas y su chofer dos veces al día, además de pasar, obligatoriamente, por una capilla a escuchar la homilía. Su virgen es la de Fátima, que también es su guía. Dice que pide más un cura que un feligrés y asegura que cada evento institucional debe tener una misa, por convicción.

Se toma un jugo verde licuado a diario que incluye manzana, apio, jengibre y cúrcuma y, 30 minutos antes de levantarse, se toma una pastilla para el hipotiroidismo. Nunca pasa desapercibida: el color que escogió para su pelo es rubio casi platinado y siempre está impecablemente vestida.

Vivió en Brasil. Quiso quedarse, pero su padre fue por ella para que se metiera en la política. Trabajadora y explosiva, no delega funciones, prefiere apropiarse. Quiso más la medicina, pero terminó en la política. Se hizo a la idea y dice que es lo mismo: “Un paciente llega con dolores, se examina y se le da un tratamiento individual. En la política es igual: se atiende el problema, le hace un diagnóstico y se le hace un tratamiento colectivo”.

Su marido, Julio César Caicedo –que fue senador–, terminó cediendo la bandera a su mujer. Y ella, con inusual carisma, logró que sus enemigos le dijeran la “Baronesa de la Política”.

Jamás se vio en la política y llegó casi obligada. Sin embargo, hoy Dilian es la fuerza electoral más potente del Partido de la U y la dirigente regional con más votos en el país,para llegar a la Gobernación del Valle del Cauca en el periodo 2016-2020.

Su viejo movimiento, Nueva Generación, que heredó de su esposo, acogió muchos sectores de la política del Valle que la apoyan.

Después de concluir su periodo de gobernadora del Valle del Cauca, la revista Bocas de EL TIEMPO, publico la siguiente entrevista, que hoy reproducimos de esta mujer ejemplar de las Colombianas en este día Internacional de la Mujer.

Su nombre no es nada común. ¿Cuál es la historia de su nombre?
Mi mamá me cuenta que a mi papá le gustó el nombre Dilian por una película inglesa. Su nombre es de origen inglés y significa “Luz”. Y el Francisca es por mi abuela. Es un nombre raro, y solo lo he escuchado a una niña indígena del Valle.

¿Cómo fue su infancia en Guacarí?
Normal. Mi papá era el rector y fundador de la Escuela Normal y durante 35 años fue rector. Mi mamá, en cambio, era de casa, pero le gustaba mucho el trabajo social. Mi padre se pasó la vida dando becas, ayudando a los demás. Terminé mi bachillerato –quinto y sexto– en el Liceo Femenino de Buga para luego pensar en estudiar medicina.

¿Por qué medicina?
Me gustaba. De lunes a viernes, en la Universidad Libre, en Cali. Y los fines de semana, en Guacarí. Yo era la única que estudiaba esto, y en sexto semestre comencé a atender pacientes en la casa. Cuando iba a terminar mi carrera, mi abuelo me incluyó de suplente en unas elecciones y terminé siendo concejala electa, sin funciones. Al terminar medicina, me fui cinco años a especializarme en reumatología a Río de Janeiro. Yo andaba feliz en Brasil: estaba enamorada y me quería quedar, pero mi papá no quería y fue a buscarme meses antes de terminar la especialización. Le dije a mi novio, que era separado y tenía un hijo, que esperáramos. La idea en mi casa era que yo fuera alcaldesa de Guacarí. Y no volví a Brasil.

¿Quería ser alcaldesa?
No. Nunca. Yo pensaba: “Cinco años de estudio para meterme en la política. No”. Sin embargo, llegué en enero de 1992, las elecciones fueron en marzo y me posesioné en junio de ese año. Allí, la verdad, comenzó mi carrera política. Pero yo monté mi consultorio en Cali e iba tres veces a la semana, de 2:00 a 8:00 p.m., no quería dejar mi carrera. Al salir, el gobernador Germán Villegas me llamó y me ofreció la Secretaría de Salud departamental, pero yo no quería porque me iba a subespecializar. Y fue Carlos Holguín Sardi quien me convenció de aceptar porque se iba a implementar la Ley 100. Fue un reto. Guacarí fue el primer municipio del país que implementó el régimen subsidiado.

Luego llegó la idea de ser Gobernadora, pero no le alcanzó. ¿Qué pasó?
Cuando apostamos por la Gobernación, la campaña la hice embarazada, tuve amenaza de aborto, perdí un bebé porque los que venían eran mellizos, me accidenté. Fue difícil. Vi cómo las mujeres mismas hacemos el machismo. Muchas mujeres se me arrimaban y me decían: “Yo no voy a votar por usted; usted debe ir a cuidar su bebé”. Mi mamá misma me dijo que iba a ir al Señor de los Milagros para que yo no ganara porque tenía que ir a cuidar el bebé. Y perdí la Gobernación.

Usted es muy espiritual y devota de la Virgen de Fátima. ¿Quién le enseñó a rezar el rosario?
Uno de pueblo, de familia católica y de misa los domingos, era imposible no ser espiritual. Cuando terminé medicina, me especialicé en Brasil e iba cada 8 días a misa. Yo rezo el rosario por iniciativa propia y lo hago todos los días. Obviamente, mi mayor espiritualidad llegó cuando estuve en la Escuela de Estudios Superiores [detenida], una época de mucha reflexión. Tengo la necesidad de escuchar la homilía.

¿Es verdad que de su casa a la Gobernación lee el rosario y que su chofer le contesta la plegaria?
[Risas]. Claro. El escolta y el chofer rezan conmigo el rosario, y me contestan. Y si no rezan, yo les digo: “¡Quiubo, quiubo, contesten!”. Cuando se me olvida rezarlo, ellos mismos se acuerdan. Ya nos hemos acostumbrado. También soy muy creyente de la Virgen de Fátima. Voy cada lunes, pero voy a 6:00 de la mañana. Hago el consejo de Gobierno a las 5.30 de la mañana, pero a partir del martes. Los jueves voy al Santísimo, que siempre lo exponen.

¿Y en esas correrías por los municipios quién pide más: el feligrés o el cura?
¡El cura! Una vez en el cumpleaños de Sevilla, me dijeron que el padre quería que fuera a desayunar a la Casa Cural. Me invito a desayunar y me comí una arepa muy rica, y mientras me la iba comiendo me iba hablando el padre: “Mire, Gobernadora, es que estamos pintando la iglesia, necesitamos ayuda”. Yo le dije que ahora no tenía, pero que luego le ayudaba. Pues me costó 5 millones de pesos la arepa. Luego le dije que era la arepa más cara que me había comido en mi vida.

¿Por qué dejó el canto y la guitarra si tenía futuro musical?
Yo aún canto, y canto música colombiana. Cuando estaba en el colegio, mi abuelo, que era el alcalde, contrató a Lizandro Varela, un profesor de música colombiana famoso, para que nos enseñara a todos los muchachos de Guacarí. Nos enseñó guitarra, bandola, tiple y conformamos una estudiantina. Yo era la cantante y tocaba la guitarra. El grupo salía a cantar a las casas, pero mi papá no me dejaba. Muchos de mis compañeros musicales hicieron carrera. Imagínese, yo tocaba Honores a Popayán, que es una interpretación de mucho punteo. Ahora solo canto en la iglesia.

Cuando era presidenta del Congreso de la República, le tocó poner la banda presidencial al hoy senador Álvaro Uribe. ¿Qué pasó ese día que terminó poniéndosela al revés?
Yo había hecho un ensayo previo. Al momento del acto, el señor de la casa militar me dice: ‘Yo se la paso y como se la pase, se la pone al Presidente’. Así lo hice. Lo que pasa es que el militar me la pasó mal. Entonces, Lina Moreno –esposa de Uribe– fue quien me dijo: “Dilian, Dilian, el escudo está atrás”. Yo lo tomé con gracia y se la quité y se la volví a poner.

¿Es cierto que usted es una mujer que casi no delega?
Yo sí delego, pero evalúo, que es diferente. Lo que pasa es que si uno delega y deja hacer las cosas como quieren, tal vez fallan las cosas; por eso toca evaluar. Cuando delego, estoy pendiente de cómo lo hicieron.

Pero cuando no salen las cosas, usted explota…
Yo soy brava, lo acepto. Pero no soy de mal genio. Lo que pasa es que no admito que se hagan las cosas mal. Yo, por lo general, soy explosiva, pero al rato estoy otra vez bien, y ni me acuerdo. Soy sin rencores.

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