El cura y el anestesista: la extraña pareja que contuvo una posible pandemia

El divulgador científico Steven Johnson cuenta en «El mapa fantasma» cómo la peor epidemia de cólera de Londres enseñó a la humanidad en el siglo XIX a enfrentar con ciencia las enfermedades del futuro

A la izquierda, el sacerdote Henry Whitehead, y a la derecha, el anestesista John Snow. En el centro, el cuadro «El dispensario de la muerte», de George John Pinwell – Capitán Swing

Uno de los actuales reclamos turísticos de Londres es el cosmopolita barrio del Soho: allí conviven pequeñas tiendas con grandes almacenes, teatros y salas de conciertos, restaurantes de toda clase y lugar, y bares que abren «all day long». Un sitio despreocupado y alegre en el que vaporosos vestidos de todos los colores ondean como banderas en centenares de escaparates. Pero no siempre fue un lugar tan «chic». A mediados del siglo XIX, la población, en su mayoría inmigrantes pobres, vivía apelotonada y rodeada del único vapor de su propia inmundicia. La ciudad crecía a un ritmo acelerado. Tanto que no existían las infraestructuras adecuadas que impidieran algo tan básico como que el agua que ingerían y los excrementos que expulsaban no se mezclasen. Y así fue cómo un pañal sucio fue el origen de la peor epidemia de cólera que sufrió la capital británica. Aunque también el mejor caldo de cultivo para que una extraña pareja formada por un cura y un anestesiólogo sacudieran las bases del progreso de la civilización moderna.

Esta es la premisa que utiliza el divulgador científico Steven Johnson en su obra «El mapa fantasma» (reedición ahora rescatada en español por Capitán Swing), en la que nos presenta un Londres al borde del colapso por culpa de sus propios desechos: desde la figura del limpiador de letrinas, quien se dedicaba a sacar literalmente las heces del anticuado sistema de alcantarillado, al olor nauseabundo que provocaban los vertidos lanzados sin control al Támesis, que en 1858 originaron el fenómeno conocido como «El Gran Hedor». Así, cuando los últimos días de agosto de 1854 el bebé de los Lewis enfermó -ahora lo conoceríamos como paciente cero- y su madre limpió sus pañales en un pozo negro cercano a la transitada y bien considerada fuente de Broad Street -se decía que su agua era la de más calidad de la zona, por lo que mucha gente se desplazaba exprofeso de otros puntos de la ciudad-, decenas de muertes se registraron en cuestión de horas por todo el barrio del Soho.

Aquí es donde entra en juego un binomio histórico totalmente inesperado: el reputado anestesista John Snow y el campechano reverendo Henry Whitehead. Snow era un médico seco y taciturno con sus pacientes que, sin embargo, había ganado el respeto y la admiración de toda la sociedad de la época, al ser uno de los pioneros de la anestesia moderna (llegó a asistir en el parto del octavo hijo de la Reina Victoria). Por su parte, Whitehead era un joven sacerdote anglicano muy apegado a su comunidad de St. Luke, en Berwick Street, muy cerca de Soho Square, quien se conocía al dedillo la historia personal de cada uno de sus feligreses.

Ciencia y paciencia
El anestesista se acercó al problema con los ojos de un científico: su intuición le decía que había una explicación oculta, un patrón aún invisible que regía aquel brote de cólera tan virulento, que llegó a dejar 616 muertos en apenas una semana. Snow tenía la idea de que la enfermedad se contagiaba a través del agua, en contra de lo que pensaban los miasmáticos, la corriente más aceptada que estaba convencida de que el mal se esparcía a través de los malos olores -incluso la famosa Florence Nightingale apoyaba esta teoría con vehemencia en los escritos de la época-.

Es por ello que se dedicó a visitar casa por casa del barrio, preguntando a enfermos y familiares acerca del origen del agua que habían consumido -en aquella época, ni siquiera se contemplaba la teoría de que un agente vivo, llamado bacteria, fuese el causante de la enfermedad, por lo que no se podía simplemente analizar el agua, como ocurre en la actualidad-. Así es como trazó un mapa cuyo epicentro era la fuente de Broad Street. El 5 de septiembre consiguió, no sin esfuerzo, que retiraran la palanca del surtidor. A partir de aquí, los casos descendieron en picado hasta que se dio por controlada la epidemia. Pero aún así, la comunidad científica seguía sin dar crédito al planteamiento del anestesista.

Mapa creado por Snow donde cada raya es un muerto. Se puede ver que la mayoría se apilan en torno al surtidor de Baker Street

En un primer momento, el reverendo Whitehead, tras escuchar la teoría de Snow, se mostró también en desacuerdo. Y para probar que el médico no llevaba razón, inició su propia encuesta, mucho menos metódica pero incluyendo apuntes personales que luego se revelaron como decisivos. Así es como llegó hasta un pozo negro ubicado en el sótano de la familia Lewis, donde la madre del bebé limpió los pañales. Al excavar el sumidero, descubrieron que, efectivamente, existían unas importantes filtraciones que conectaban este pozo con el sumidero de Broad Street, convenciéndose de que Snow -y no los miasmáticos, tal y como él mismo pensaba- tenía razón. El reverendo regaló a Snow la evidencia definitiva de su teoría, confirmando que no había sido una simple casualidad, sino que tenía una causalidad probada.

Este extraño tándem que, por cierto, acabó en amistad, sentó las bases para el control de los siguientes brotes de cólera. Además, sirvió como motivación para reorientar la red de alcantarillado, que desde ese momento vierte los desechos lejos de la ciudad. Una lección de cómo la evidencia científica unida al conocimiento local pueden parar una epidemia. ¿Les suenan de algo estos dos conceptos?

 

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