La celebración de Janucá se celebra desde anoche.

La festividad que comenzó anoche en este año 2020 tiene su origen en los tiempos en que, con posterioridad a la muerte de Alejandro Magno, sus sucesores gobernaron infundiendo la cultura basada en el regocijo del cuerpo y lo material por sobre toda clase de valor moral y ético.

Alejandro muere (a los 33 años de edad) y sus generales se dividen entre ellos el dominio del planeta. Luego, cada uno de ellos gobierna en distintas latitudes y difunden e imparten el helenismo.

Esta cultura muy especial llamada ‘Helenismo’ pretendía infundir una cultura basada en los valores del cuerpo y lo material, combinando así las culturas de la zona de la Hélade (Helen, hijo de deucalión y Pirra, padre mitológico y nombre primitivo de los antiguos griegos) con las tradiciones políticas de la Mesopotamia, Egipto y Persia, que había forjado la filosofía alejandrina.

A diferencia de las naciones del mundo que aceptaron con gratificación la nueva cultura, el Pueblo de Israel no se asimilaba; los judíos eran muy obstinados en sus creencias.

Los griegos, conocedores de estas características de los hebreos -que ellos veían como extrañas tradiciones- no presionaron para introducir sus costumbres en el seno de la cultura judía. Aunque su política era tratar de convencer a los pueblos conquistados asimilarse a la ideología helena, ya que era una forma de dominar a sus súbditos, no querían generar conflictos y revueltas.

Sin embargo, en muchas ocasiones, las transformaciones de la cultura popular en Israel llegan antes por deterioro moral interno de la dirigencia judía que por presión discriminatoria externa de los gobernantes corruptos.

La dirigencia corrupta desprecia los valores morales

En todas las épocas, la historia conoció la existencia de dirigentes que traicionaron a sus representados y pusieron su fortuna a merced de potencias extranjeras.

La historia comienza con dos hermanos. Uno, era el Cohen Gadol (Gran Sacerdote) Menelao y el otro, era Oniá. Este último ansiaba el cargo de su hermano, por lo que fue a hablar con el emperador griego que residía en Siria, Antíoco Epífanes.

Le planteó que los judíos también querían pertenecer a la cultura helénica, pero que los intransigentes fundamentalistas que seguían la fe milenaria de la Torá, impedían que se integren al imperio, y él era helenista y deseaba que el pueblo judío adoptara la cultura helena, pero solo no podía. Por lo que le rogó que no los dejasen de lado y le suplicó que lo ayudaran a convertirse en Gran Sacerdote de Jerusalén.

En realidad, los helenos fueron seducidos por los helenistas judíos liderados por Oniá, que para congraciarse con ellos, le prometieron una adaptación a su cultura por parte de los judíos, pero a condición que fueran ellos, los helenistas, reconocidos como los líderes del judaísmo. Y los griegos pactaron.

Los helenos no actuaron en soledad. Ha sido menester la aquiescencia de un sector importante de la sociedad judía helenizada, que para acceder y mantener un statu quo, claudicó sus convicciones y se asimiló a vivir sin honorabilidad. Vendió Oniá a su propio pueblo, por su egocentrismo, actuando inmoral y vanidosamente.

La Ciudad Santa estaba bajo dominio griego desde el 322 Antes de la Era en Común, pero hasta allí con permisividad para el desarrollo de la cultura judía. Ahora, tras el trato con Oniá, Antíoco Epífanes ocupó Jerusalén, ingresó al Templo y lo profanó.

Es el momento en que los griegos interrumpieron los servicios religiosos judíos y construyeron e instalaron un gimnasio al lado del Templo de Jerusalén. Esto fue acompañado de toda la pompa de la propaganda de la vida al estilo griego que pondera el cuerpo y la belleza como valores supremos.

Ese hombre Oniá buscaba ser nombrado como líder del pueblo judío y ser reconocido como tal ante las autoridades griegas, pero sin leyes ni tradiciones judías. Un judaísmo reformado a medida, para poder ser helenista (término utilizado para describir a los judíos helenizados).

El tema judaico, los valores y las prácticas judías, podía quedar relegado al pasado, a una etapa cumplida, un proceso que fue superado y ahora podría ser solo cuestión de una añoranza y un recuerdo folclórico. Solo se dejarían aquellos ritos que fueran compatibles con la cultura helena y que les sirvieran para mantenerse como líderes del judaísmo.

Los judíos pagaron un alto tributo por la desidia de las elites dirigentes que se corrompieron al convertirse al helenismo. El rey, los antiguos helenos que no tenían remordimiento alguno para matar a los recién nacidos defectuosos, o sacrificar humanos en caso de necesidad[1] y los helenistas (judíos helenizados) implementaron una persecución aterradora contra los judíos que no querían asimilarse.

Crueldad extrema, asesinatos, torturas y matanzas de niños masivas en plazas públicas para instigar a la población a abandonar sus milenarias tradiciones judías.

Muchos judíos a causa del terror se convirtieron en helenistas, otros embelesados por una vida al estilo liberal griego, pero las élites judías lideradas por el arrogante Oniá fueron las que llevaron a cabo el plan siniestro de helenización, y aun así, pretendian ser llamados judíos. De esa manera, encontraron la combinación perfecta de entregarse a los dictámenes de la cultura imperante de egocentrismo y lujuria, pero manteniendo el liderazgo en los descendientes del pueblo de Israel ante las autoridades de facto.

Para ello, se debía acabar con los valores judaicos ancestrales, erradicarlos, reformarlos, cambiarlos, y dejar todo lo ¨molesto¨, reubicarlo en algún museo y archivo histórico.

Sabían los perseguidores, que el motivo por el cual muchos judíos se obstinaban en no helenizarse, era generado por su apego a su fe y los mandamientos de la Torá. Si no se helenizaban, tanto los intereses del rey Epifanes, de crear una cultura homogénea entre sus súbditos, como los intereses de Oniá, de ser el líder reconocido por los judíos, no podrían ser coronados con éxito.

Login

Welcome! Login in to your account

Remember me Lost your password?

Lost Password