La migración más colosal a través de América por el cambio climático

La reconstrucción del genoma de 33 mastodontes demuestra que estos gigantescos mamíferos viajaron repetidamente hacia el Ártico en los períodos cálidos

Recreación de tres mastodontes bajo la aurora boreal en Beringia – Julius Csotonyi

El espectáculo natural habría sido magnífico. Manadas de mastodontes viajando por América del Norte desde lo que hoy es el centro de México hasta el Ártico. Un equipo de científicos ha descubierto que estas impresionantes migraciones se repitieron repetidamente en respuesta al calentamiento interglacial durante el Pleistoceno (hace 2,5 millones a 11,700 años). La reconstrucción del genoma mitocondrial de 33 ejemplares, publicada en «Nature Communications», ha revelado que estos animales eran viajeros ávidos. Sin embargo, su aventura tuvo un coste: menos diversos genéticamente, se volvieron más vulnerables a la extinción, lo que sucedió por causas aún por determinar hace 11.000 años. Los hallazgos podrían ser útiles para la conservación de grandes especies en el contexto de la subida global de temperaturas actual.

Los mastodontes (Mammut americanum), que pertenecen a un grupo estrechamente relacionado con los elefantes modernos y los mamuts extintos, se encontraban entre los animales terrestres vivos más grandes de la Tierra en ese momento. Habitaban lugares boscosos y pantanosos en América del Norte, y sus restos se han encontrado desde los subtrópicos centroamericanos hasta las latitudes árticas de Alaska y Yukon.

Los fósiles descubiertos anteriormente en climas del norte ya indicaban que probablemente la especie tenía una gran movilidad, pero los científicos no sabían cuándo ocurrieron estas migraciones y si las poblaciones de mastodontes hicieron viajes repetidos o solo una vez. Para obtener más información, los investigadores reconstruyeron genomas mitocondriales completos a partir de dientes, colmillos y huesos fosilizados de 33 mastodontes. Así, identificaron cinco grupos distintos (o clados) de mastodontes, de los cuales dos se originaron en el este de Beringia, una región que históricamente unía a Rusia y América), posiblemente en expansiones separadas. Los resultados muestran que los animales viajaron distancias extremas en respuesta al calentamiento de las condiciones climáticas y al derretimiento de las capas de hielo. En las regiones árticas previamente congeladas crecieron nuevos bosques y humedales que proporcionaron nuevas fuentes de alimento para estas gigantescas criaturas, atrayéndolas hacia el norte.

«Estos mastodontes vivían en Alaska en un momento en que hacía calor, así como en México y partes de Centroamérica. No eran poblaciones estacionarias. Los datos muestran que había un movimiento constante de un lado a otro», señala el genetista evolutivo Hendrik Poinar , director del centro de ADN antiguo de la Universidad McMaster y autor del estudio.

Fósil de un mastodonte en el Museo Americano de Historia Natural – AMNH

Los investigadores sugieren que examinar cómo la megafauna del Pleistoceno respondió a tales transiciones climáticas puede proporcionar información valiosa sobre cómo el cambio climático está afectando a las especies modernas en el norte. «Es realmente interesante porque muchas especies en la actualidad, como el alce y el castor, están expandiendo rápidamente su área de distribución hacia el norte en decenas a cientos de kilómetros cada siglo», explica Emil Karpinksi, autor principal del estudio y estudiante de posgrado en el Centro de ADN antiguo y el Departamento de Biología de McMaster.

De la misma forma se expresa Ross MacPhee, curador principal del Departamento de Mammalogía del Museo Americano de Historia Natural y uno de los autores del estudio. «Hoy, se podría pensar que es genial ver animales como los osos pardos en el norte de Canadá y las islas árticas, mucho más allá de su rango histórico. Obviamente, se están beneficiando, al igual que lo hicieron estos mastodontes durante un tiempo, como resultado del cambio climático natural», indica. «Pero ese beneficio puede ser muy limitado -agrega-; es importante darse cuenta de que lo que podríamos pensar que es un cambio beneficioso en un nivel para algunas especies no es necesariamente tan bueno para otras».

Los científicos también analizaron la genética de las poblaciones de mastodontes «pioneras» que llegaron al norte y encontraron que su diversidad genética era muy baja. «Esa es siempre una señal de peligro para las especies de vertebrados», dice Grant Zazula, autor del estudio y paleontólogo del Gobierno de Yukon. «Si se pierde la diversidad genética, se pierde la capacidad de responder a las nuevas condiciones. En este caso, no estuvieron allí el tiempo suficiente para adaptarse a las condiciones del norte cuando regresó el frío».

La especie se extinguió hace unos 11.000 años junto con otros grandes mamíferos como los mamuts, los gatos dientes de sable y los perezosos terrestres gigantes. Quizás esa pérdida de diversidad genética colaboró en su ocaso.

 

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