Mikel Landa se cae y abandona el Giro de Italia

Solo había pedido tener un poco, solo un poco, de buena suerte. Solo deseaba que el destino por una vez le sonriese, que no sufriera uno de los tradicionales traspiés que siempre, siempre, acompañan a Mikel Landa desde los inicios de su carrera profesional.

Ya la quinta etapa, posiblemente en la jornada más tonta del Giro, sin un solo repecho dibujado camino de la playa adriática, Landa tropieza con una isleta y adiós a la carrera, al sueño en rosa que anhelaba como posiblemente nunca hasta ahora había vivido. Peor suerte, imposible.

Landa ya no está en un Giro donde aspiraba a la victoria. Sintiéndose fuerte y con un equipo entregado a su imagen y semejanza, quería arañar segundo a segundo, como si cada montaña de la prueba fuera una trinchera donde había que hacerse fuerte antes que saltar a la siguiente sabiendo que todos los rivales eran enemigos.

Pero no contaba con una isleta entre calles de pueblos turísticos donde se busca que los coches vayan a poca velocidad y por ello se sitúan obstáculos para avisar al automovilista que hay que apretar menos el acelerador.

Al suelo, impacto contra el asfalto, la clavícula aparentemente se rompe y todo el trabajo, todo el entrenamiento, toda la preparación, a hacer puñetas

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