La historia de los gauchos sudafricanos en la Patagonia

El paisaje de la estepa patagónica es árido y montañoso y se extiende por cientos de kilómetros. Parece no terminar. Los habitantes de esta zona de la provincia de Chubut son escasos y están dispersos entre chacras donde crían ovejas. Entre ellos se cuentan algunos de los hijos y nietos de un grupo de sudafricanos que migraron a la Patagonia a principios del siglo veinte. Sus antepasados se conocen como boers, descendientes de los holandeses que colonizaron partes del extremo sur del continente africano en el siglo XVII.
Los boers entraron en conflicto con colonizadores británicos y fueron derrotados en 1902. Muchos de ellos, decididos a no aceptar el gobierno británico, buscaron establecerse en otras partes del mundo, incluyendo la Argentina. Allí llegaron alrededor de 650 familias entre 1902 y 1907, instalándose en la Patagonia después de la “Conquista del Desierto”. La gran mayoría de los colonos eran blancos, pero llegaron también sudafricanos negros en condiciones de trabajo nebulosas, un eco de las experiencias de otros africanos en el Río de la Plata.
“No me gustan mucho las ciudades grandes ni el ruido”, dice Juan Jan Schlebusch en afrikaans, la lengua de raíces holandesas que surgió de la colonización. Como otros descendientes de los primeros boers patagónicos, Jan aprecia el silencio de la chacra. “Muchos de los primeros boers eran así. No les gustaba el ruido del pueblo”, agrega.

La primera generación boer que colonizó la Patagonia tuvo una existencia relativamente aislada, manteniendo su lengua y muchas de sus prácticas culturales. En la década de 1950 empezó a darse un cambio cultural y los colonos entraron en mayor contacto con comunidades cercanas en Comodoro Rivadavia y Sarmiento.
Sus descendientes crecieron hablando afrikaans en su infancia y experimentaron una exposición paulatina al castellano durante su adolescencia. En la actualidad, sólo los miembros de más edad de la comunidad –los que superan los 60 años– se pueden comunicar en afrikaans.
Durante las dos últimas décadas ha venido resurgiendo el interés en promover la herencia cultural de los boers en la Patagonia y los miembros de la colectividad han creado un centro cultural y un museo. Con la ayuda de las redes sociales también se han revivido tradiciones casi desaparecidas, como un festival deportivo que se suele celebrar en la remota Sierra Chaira, localizada en la meseta de Chubut.

En Sudáfrica, muchos hablantes de afrikaans crecieron escuchando historias sobre los boers patagónicos. “Se sabía de la existencia de la comunidad pero no se sabía si quedaba alguno que todavía hablara afrikaans”, explica Andries Coetzee, sudafricano y lingüista de la Universidad de Michigan. Por eso, Coetzee no sabía con seguridad si valdría la pena embarcarse en un largo y costoso proyecto para investigar el afrikaans patagónico. Sin embargo, decidió probar suerte y acudió a Facebook. Allí buscó al azar usuarios con nombres comunes en español y apellidos en afrikaans y les envió un mensaje en afrikaans a los usuarios que fue encontrando.
“Casi nadie respondió –recuerda–, pero los que lo hicieron me confirmaron que en Chubut todavía se hablaba afrikaans.” Los que respondieron al mensaje emplearon una ortografía que Coetzee no reconoció inicialmente. Como los primeros colonos salieron de Sudáfrica antes de que la lengua tuviera una ortografía y una escritura oficiales, el afrikaans que se llevaron consigo era esencialmente oral.

“Tuve que leer los mensajes en voz alta para poder escuchar los sonidos de las letras, tal y como se pronuncian en afrikaans, para poder entender sus mensajes”, explicó Coetzee.
Para el investigador, se hizo evidente que se encontraba ante una situación lingüística única. El afrikaans patagónico ofrecía un testimonio vivo de cómo era la lengua antes de 1925, año en que se estandarizó y oficializó en Sudáfrica y en que se empezó a escribir de manera sistemática. Se trataba, además, de la única comunidad bilingüe de afrikaans y español conocida en el mundo.
Esta situación excepcional de contacto lingüístico y cultural no se había estudiado nunca antes, y de no estudiarse pronto, se corría el riesgo de que con el paso de los años los hablantes de más edad empezaran a desaparecer. Sin embargo, las dificultades abundaban: la investigación requeriría financiación así como un equipo de lingüistas expertos en afrikaans y español.
En la Universidad de Michigan, Coetzee aunó esfuerzos con dos lingüistas expertos en español, Lorenzo García-Amaya y Nicholas Henriksen. Juntos formaron un grupo con otros investigadores y consiguieron el patrocinio del Michigan Humanities Collaboratory, una iniciativa que financia proyectos colaborativos de investigación e innovación en las humanidades. Con ese respaldo formaron el grupo de investigación “De África a la Patagonia: las voces del desplazamiento”.
A su primer viaje de investigación a la Patagonia en 2015, se sumó el cineasta sudafricano Richard Gregory, quien filmó el documental Los boers del fin del mundo. De manera inesperada, tanto el documental como la investigación cautivarían la imaginación del público sudafricano.

El grupo de investigación ha crecido enormemente y ahora cuenta con más de 40 miembros, incluyendo profesores, investigadores y estudiantes en varias disciplinas de conocimiento. El equipo viajó a la comunidad de nuevo en 2018, y completó más de 100 entrevistas tanto en afrikaans como en español. La participación entusiasta de la colectividad patagónica fue esencial para el éxito de la investigación.
En las entrevistas, los investigadores encontraron que, a diferencia de lo que ocurre en Sudáfrica, la marca histórica y social del Apartheid, el sistema de segregación racial oficializado entre 1948 y 1994, no define la identidad cultural de la colectividad sudafricana de Chubut. Sin embargo, sí existe curiosidad al respecto.
Andries Coetzee recuerda que un tema recurrente en sus conversaciones con miembros de la colectividad fue precisamente el de la segregación racial. “La gente me hizo muchas preguntas sobre ese asunto, pero al mismo tiempo recalcaban que los boers que emigraron a Patagonia lo hicieron 40 años antes de la oficialización del Apartheid.” Por su parte, desde que documental Los boers del fin del mundo se retransmitió por televisión nacional, el público sudafricano ha mostrado un gran interés en la comunidad patagónica y en las características de su lengua. Esta gran acogida se vio reflejada en los 3 premios SAFTA que recibió el documental.
En Sudáfrica, un país con 11 idiomas oficiales, las comunidades que hablan afrikaans están profundamente marcadas por las divergencias políticas y raciales de un pasado no muy lejano. Aunque el afrikaans es motivo de orgullo para quienes celebran la herencia cultural de los boers, también fue la lengua oficial del Apartheid. De hecho, apartheid es una palabra en afrikaans que implica estado de separación.
“A pesar de que el Apartheid fue abolido, sus legados sociales y culturales perviven en Sudáfrica”, explicó el lingüista Lorenzo García-Amaya a su regreso de un viaje de investigación a este país el pasado marzo. La mayoría de los hablantes de afrikaans hoy en día son personas de ascendencia mixta, pero muchos aún asocian el uso de esta lengua con el proyecto nacionalista y segregacionista de los antepasados de muchos sudafricanos blancos. La ambivalencia en torno al significado político y cultural del afrikaans es una manifestación de las heridas que permanecen abiertas un cuarto de siglo después de la abolición del Apartheid.
En Sudáfrica, ser blanco y hablar afrikaans conlleva una carga histórica con la que muchos lidian a diario. Se podría decir que un sentimiento de vergüenza originado por los traumas del Apartheid se ha transmitido de generación en generación a través de la lengua. Andries Coetzee se identifica con esta descripción, pero advierte que no todos los blancos que hablan afrikaans sienten esa vergüenza asociada con su lengua materna.


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