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LAS QUE SE FUERON.


Por. Carlos Alberto Lenis Garcia.

Cada vez que voy a mi Valle del Cauca, por estos últimos meses han sido más las frecuencias de visitas, siento una profunda nostalgia, especialmente en mi Cali del alma.

Para bien, seguramente en mentes de otros, las cosas han cambiado, pero para mí, esos cambios de nada han servido para ver aquel terruño lleno pujanza en otrora, de gentes entregadas en esas épocas ya idas, de grata recordación, por este sector de la Colombia que sigue afectada por los mismos problemas de hace sesenta años o más

En el último recorrido pasando por la carrera quince con calle quince junto a mi familia, en lo que se llamó el centro de Cali, me puse a revisar mentalmente, a la vez comentar e ilustrar en palabras de historia, lo que fue esa ciudad en anteriores años, antes que llegará el fax, el celular, la internet, la era virtual, esa misma que hoy nos satura en ocupaciones, para contarles a ellos que han sido muchas las que se fueron del Valle del Cauca, no se murieron como sería el final de un humano, no. Como dicen los Rodriguez en su canción; “se fueron a otros lugares”.

Sentado como pato en la parte delantera de un carro, mirando como esa calle quince, que era uno de los sinónimos de civismo, por donde se desplazaban todas las líneas de buses que había en la Sultana del Valle, se ve hoy el Servicio de Transporte Masivo MIO, irrumpiendo por el centro de la calzada de la misma manera como este sistema llegó a la mayoría de capitales, con esa fuerza, reflejada en los temas de corrupción con su paso fugaz, con los usuarios dentro de èl como perros de rico, fijando miradas aterradoras de lo que aprecian como si fuera esa una primera vez de ver algo que les llama la atencion.

Las ventas de todas las cosas existentes, restaurantes a la ligera, algarabía de ofrecimientos, aunque el grito de “cójanlo”, habitual en esos pasados, no se escucha, si se puede apreciar los ahora llamados “barra” que remplazaron a los parlantes de sonido, a todo volumen, como si por cada paso que diéramos a la misma vez estuviésemos cambiando de dial en una emisora radial.

No se ven los letreros de la panadería la Sultana, donde había que hacer fila para tomar un desayuno, o unas medias nueves; allí ahora hay un almacén de ropa con el rótulo; “Made in China”. La primera sede del más famoso asadero de Pollos que aún sigue, KOKORIKO, no está, abandonaron el sitio donde pusieron su primera venta como gallina que abandonó su nido donde puso su primer huevo.

Mora Hermanos, donde nos dieron el primer crédito a los Vallecaucanos para la compra del primer televisor, de la primera radiola, no tiene ese almacén inmenso que la hacía una empresa sólida, ese local ahora es un centro comercial lleno de pequeños negocios destinados a la venta de accesorios para celulares.

El Almacén de Catalina Sport, los trajes de baño que fueron diseñados por Susana Buitrago, se fue de la quince hace años, como se fue la fábrica que estaba en el barrio San Nicolás a pocas cuadras de allí.

El Hotel Calima, con su restaurante que estaba entre la quinta y sexta, desapareció, se esfumó. Era uno de los más cotizados lugares en pleno centro de Cali.

Antes de llegar a la carrera primera y postrarme frente al ìcono iglesia de la ciudad, la que seguirá por siempre identificando en postales, en videos a la Sucursal del Cielo; La Ermita, me detuve para devolverme a mis trece años, 1973, sobre la calle segunda donde funciona un parqueadero de vehículos, para recordar una noticia que me impactó como a muchos ciudadanos de ese entonces.

Allí estaba la sede de llegada de los buses Bolivarianos que llegaban de Bogotá, en el portamaletas de uno de esos buses llegaron dos maletas que nadie reclamó y que dentro de estas había un cuerpo descuartizado de un hombre que nunca fue identificado, ese fue el primero de infinidad de casos como este que siguen apareciendo.

Miro atrás antes de seguir y veo allí frente al puente Ortiz sobre el río Cali, el lote lleno de vendedores de todas las calañas, donde estuvo el Hotel Alférez Real, una de las más bellas construcciones que existieron en la ciudad, pero que, por una disputa entre los hermanos Caicedo desapareció, prefirieron por una disputa herencial tumbar ese monumento, nadie entendió esa posición absurda.

Como un registro de la historia que no quiere dejar un pasado, solo un presente, aunque suene raro, pero así es, permanece en su sitio sobre la calle 16, atrás de lo que era Vehidelpa, el primer concesionario de carros que existió, El Hotel Savoy, donde muchos fueron los personajes de la usanza que se hospedaron allí, ahora con otro estilo de albergue, sigue vivo.

Bajamos por la carrera primera para recordar la sede de Caracol Radio que estaba antes de los ochentas a mano izquierda bordeando la calle 18. De esa Radio ahora solo está quedando el nombre.

Antes de llegar a la sede de la que hoy se llama Policía Metropolitana, donde funcionó la primera cárcel, luego se constituyó en palacio de la Policía con su edificación hermosa en ladrillo y que fue destruida por un carro bomba en el año 75, cuando uno jóvenes estudiantes simpatizantes del movimiento M-19 en una madrugada cometieron este acto, veo que el famoso Teatro Avenida de hace décadas se ha ido, solo quedó su fachada con ese balcón inmenso donde en los intermedios de la película se salía a fumar y otros a dar ese beso que dentro de la sala no se podían dar.

La sede de la importadora de Repuestos para vehículos que se construyó a comienzos de los setenta, siendo la más moderna de ese momento, don Aníbal Aguirre Arias, donde fui muchos días a pasarla en juegos de niñez con su hijo Aníbal Junior, un gran amigo que falleció el año pasado, excelente conocedor de autos, donde el letrero que ocupaba todo el frente con las tres A ocupaba todo el espacio, solo queda una historia.

El majestuoso edificio Belmonte, que sembraron los Caicedo, sigue incólume allí, aunque las oficinas de Colombina, del Ingenio Manuelita ya no están se fueron a otros lares, aunque seguramente los herederos de ahora podrían tomar decisiones que tomaron sus padres con el Hotel Alférez Real.

El famoso paso a nivel de la veinticinco sigue dando paso a la Cali del norte con salida a Palmira, la Villa de las Palmas, antes de llegar al cementerio Central, el primero que construyeron los padres jesuitas que llegaron a la ciudad; es aquí en donde una vez más comienzo a mis interlocutores y compañeros de este viaje llenarlos con recuerdos a contarles lo que ellos no vivieron, como la historia del 7 de agosto del 56, cuando en la primera hora de esa madrugada estallan los camiones cargados de Pólvora dejados sobre la calle veinticinco con segunda y que destruyeron más de media capital Vallecaucana, con un numero sin cálculo de fallecidos y damnificados.

Porque precisamente a partir de ese lugar solo queda la remembranza de las que se fueron y que estaban asentadas sobre esa parte de la Cali.
Sharp de Colombia, la de los televisores a Color, la de los modernos equipo de sonido.

Colgate Palmolive, que nos enseñó a mostrar los dientes blancos y sin caries.
Harinera del Valle, la de nuestros amigos pastusos Paz, la que con su producto harina de maíz puso a ahorrar tiempo a nuestras madres para hacer más rápido y fácil las arepas del desayuno.
Pastas La Muñeca, de ésta sí que me da nostalgia saber que ni su edificación quedó.
Fruco, La Salsa de Tomate, la del envase de vidrio que había que golpear para que saliera.
Adams la de los chicles, testigo de muchas conquistas.
Eveready. Su distintivo del gato, no decía que eran las mejores pilas para los transistores y linternas.
Warner Lambert. El laboratorio de la crema Lubridemn la del lagarto en su imagen.
Quaker. La avena de las coladas y de tantos otros platillos caseros.
Croydon, en plenos barrio San Nicolás fabricó para el mundo muchos zapatos deportivos.
Good Year en la entrada a Yumbo fue fabrica pionera en Suramérica de las famosas llantas gringas.

La Nacional de Tabacos, solo nos dejó el emblemático edificio cerca a la Emita.

Celance, la empresa canadiense donde elaboraban el poliéster.
Propal, la del papel periódico, igualmente canadiense.


Y otras más que partieron diciendo de pronto un Adiós tenue.

Son estas las que se fueron, varias de ellas prefirieron otros lugares dentro y fuera de Colombia por aquella época que nos marcó para siempre el Narcotráfico.

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